Cuánto quisiera recordar
cada sonrisa que me han prodigado
los extraños
al andar por las calles grises por las que ando,
las calles mutantes e inmóviles de Lima
salpicadas con una garúa de
sonrisas tan jóvenes como viejas,
sonrisas de cielo y de monalisa,
sonrisas de madre y de abuelo,
sonrisas de niño y sonrisas de perros,
sonrisas que alguna vez pude jalar
yo, con mis ojos duros y oscuros
de árbol quieto arraigado a un concreto absurdo
del que quiere escapar.
Y las sonrisas las tuve adentro
y adentro del pecho las tengo.

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