Lo vi bajar de la montaña
Con las alas blancas plegándose al cuerpo,
Unas alas de plata enormes,
Durante su caminata por el sendero.
Lo vi y su andar gracioso
Obnubiló todo lo que podría haber pensado
En ese momento. Siguió con su descenso
Al tiempo que sus cascos hacían vibrar el suelo.
Las flores coloridas de la ribera
Soltaron diminutos pétalos sobre el silvestre pasto
Aquella mañana festiva. El rocío frío y aún denso,
Cayó de cada hoja que la tierra hubo cubierto.
Y llegó a la vera, para calmar
El calor del vuelo. Se detuvo en la húmeda orilla
Mientras dejaba brillar las crines níveas,
Cuando levantó la mirada y se cruzó con la mía.
No dijo nada y mirándome:
Con los ojos me llamó. Había yo estado descansando
A los pies del naranjo, un gran árbol viejo,
Colmado de frutos maduros y frescos.
Llenaban todo con su perfume
Dulce y sereno. Era un árbol de corteza oscura
Lleno de historias en los dibujos del tiempo,
Con una copa amplísima que lo abrazaba todo, en silencio.
Una copa de ramas largas,
Que se dejaba ver en el apacible lugar;
Ramas que eran como un manto de primavera
Que se inspiraban en que podían cobijar.
De pronto, me levanté del suelo
Para recibir al visitante matutino,
Que había decidido trotar sobre el río
Para acercarse al otro camino.
Lo hizo en una danza alegre
Y cuando arribó al terreno nuevo,
Orgulloso de su belleza,
Solicitó un paseo, luego de un saludo tierno.
Lo acompañé y fuimos juntos
Durante un tiempo, pero en un momento, sin aviso,
Y elevando la cara hacia el cielo:
Quiso emprender nuevamente el vuelo.
Me miró y desplegó las alas del cuerpo.
Subió alto, alto y se perdió detrás del sol.
Yo ya echaba a mi árbol querido, de menos
Y regresé sobre mis pasos para recostarme en su calor.
Fuimos felices en ese instante,
Y ya más, no anocheció.
Con las alas blancas plegándose al cuerpo,
Unas alas de plata enormes,
Durante su caminata por el sendero.
Lo vi y su andar gracioso
Obnubiló todo lo que podría haber pensado
En ese momento. Siguió con su descenso
Al tiempo que sus cascos hacían vibrar el suelo.
Las flores coloridas de la ribera
Soltaron diminutos pétalos sobre el silvestre pasto
Aquella mañana festiva. El rocío frío y aún denso,
Cayó de cada hoja que la tierra hubo cubierto.
Y llegó a la vera, para calmar
El calor del vuelo. Se detuvo en la húmeda orilla
Mientras dejaba brillar las crines níveas,
Cuando levantó la mirada y se cruzó con la mía.
No dijo nada y mirándome:
Con los ojos me llamó. Había yo estado descansando
A los pies del naranjo, un gran árbol viejo,
Colmado de frutos maduros y frescos.
Llenaban todo con su perfume
Dulce y sereno. Era un árbol de corteza oscura
Lleno de historias en los dibujos del tiempo,
Con una copa amplísima que lo abrazaba todo, en silencio.
Una copa de ramas largas,
Que se dejaba ver en el apacible lugar;
Ramas que eran como un manto de primavera
Que se inspiraban en que podían cobijar.
De pronto, me levanté del suelo
Para recibir al visitante matutino,
Que había decidido trotar sobre el río
Para acercarse al otro camino.
Lo hizo en una danza alegre
Y cuando arribó al terreno nuevo,
Orgulloso de su belleza,
Solicitó un paseo, luego de un saludo tierno.
Lo acompañé y fuimos juntos
Durante un tiempo, pero en un momento, sin aviso,
Y elevando la cara hacia el cielo:
Quiso emprender nuevamente el vuelo.
Me miró y desplegó las alas del cuerpo.
Subió alto, alto y se perdió detrás del sol.
Yo ya echaba a mi árbol querido, de menos
Y regresé sobre mis pasos para recostarme en su calor.
Fuimos felices en ese instante,
Y ya más, no anocheció.

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