jueves, 3 de septiembre de 2009

En un lugar de Peruvia

Loco Tarapoto
porque
todos andan en moto
y no se despeinan
sino tan solo las palmeras
y los monos
que saltan por todos lados,
pero, a Dios gracias no nadan
como sí lo hacen
los caimanes blancos,
que no son muy grandes
pero aterran de sólo saber
que por ahí están sus ojos draconianos.

Hay unos limones tan grandes como dos corazones humanos juntos,
que saben tan ácido como dos kilos de ellos
y en verdad son limas que cuelgan de árboles
(más bien chatos)
de ramas flacas como manos viejas
que se mecen con las tormentas
pero que no despiden sus frutas
ni por fuerza.
Basta un tironcito de una frágil mano,
una giradita nomás
y te las llevas a tu casa,
pero anda a ver tú,
cuándo las pelas
porque tienen una cáscara
que parece la de un traumado.

Toda la gente con la que tuve contacto
fue en extremo amable y bien dispuesta,
sonriente y de voces suaves y animadas.
Es raro el tipo de los de allí,
no son trigueños, trigueños;
tienen las narices chiconas y los pelos lacios
pero no muy negros. No son muy altos
y son de conformación distinta
de los serranos.
Son de cuerpo aparentemente más ágil,
como más aerodinámico
(porque no los he visto brincando
y por decir algo).

En fin, fue un lindo regalo:
Coco lampiño, jugoso y grande,
tormenta luminosa y larga,
noche tibia y calmada,
¡Y la piscina riquísima
pero llena de avispas negras!
Una me picó la planta
pero me chupé la pata y no pasó nada.
Todavía alcanzo.


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