Por amor a la calle
la caminamos
y también la detestamos.
Tal vez amemos
el anonimato de los pasos:
pasos pisando limeños baches y charcos.
Y tal vez odiemos
el paso de los demás desconocidos
que pasan por encima por los costados por todos lados.
Tal vez amemos
(precisamente)
ese tránsito atolondrado
de seres sin nombre
por sentirnos sí nombrados
cuando dejamos de ser anónimos,
cuando un amigo grita ¡Tú!
cuando nos ve pasar por delante
y nosotros, por andar: ni caso...
hasta que llama otra vez
y volteamos,
con la boca sorprendida, los ojos adormilados,
los dedos embolsicados y los pies aterrizados
entre extraños.
.

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