martes, 27 de octubre de 2009

Parque de Diversiones

Supongamos que te cuento, cómo es tu mente: imagina un gran parque de diversiones, dispuesto como un laberinto sobre colinas verdes, con un bello letrero de madera oscura tallada, en la entrada. Sin mucho esperar, dan la bienvenida cosas y espectáculos que sorprenden y admiran y hacen que los gestos en la cara se muestren con incredulidad o alegría o tontería o expectativa o todas juntas y otras emociones agregadas, al ver. Todo está adornado con serpentinas, telas de colores de diferentes texturas, globos brillantes que vuelan despavoridos de la tierra y música de carnaval. Se ve una rueda de Chicago y montañas rusas; un trencito negro de pasajeros va por un camino que recorre el perímetro del lugar haciendo ruido y echando humo. Se sienten por ahí, perfumes exóticos, olores dulces de algodón de azúcar, caramelo y fritangas, también de carne grillada y romero. Por casualidad, se percibe en un rinconcito, el simple aroma de la tierra mojada. Ya empieza a verse tiendas con personajes raros en los vanos, que hacen alarde de los beneficios de verlos; mujeres barbudas que se afeitan e instantáneamente recuperan el pelo, enanos de fuerza descomunal, un hombre lobo y un hombre mono que cambian de condición a voluntad. Hay perros con dos cabezas, híbridos de gato con pato, domadores bizcos, charlatanes llenos de curiosos artefactos y pócimas inútiles. Delante de una gran exposición de espejos de broma, van en corzo payasos con zancos que hasta dan volantines y payasos de su altura original que sólo se golpean ente ellos, se empujan y se obstaculizan el paso, van vestidos con ropas exageradas e incongruentes y maquillados de colores, sonrientes unos y llorones otros. Se ve mujeres vestidas como muñecas infantiles y mujeres vestidas como bailarinas de cabaret. Hombres tremendos y fornidos, repletos de músculos que demuestran sus habilidades y alfeñiques mínimos tratados como alimañas. Hay elegantes caballos emperifollados con penachos, alhajas y colgajos, que bailan sobre sus ancas rellenas; elefantes sumisos y silenciosos que hacen todo lo que se les manda aunque sus cuerpos sufran. Hay fakires: uno sobre una cama de clavos y otro caminando sobre carbón candente. Pasa una fila de pingüinos que marchan. Este parque tiene un circo de pulgas a un lado y uno de ardillas al otro; además, un marciano muerto dentro de un cubo de hielo, un osito de peluche de Taiwán y mil rarezas más. Un parque tan grande que se necesita toda una vida para recorrerlo.


Pero hay tiendas con acceso restringido, con peajes carísimos, casi impagables y muros del laberinto, que parecen ciegos pero que aún así pueden ser abiertos al pasar por pruebas para el visitante… y en algunas paredes, hay agujeros negros que se lo tragan a uno y uno desaparece.

Al centro del parque hay un volcán que duerme.


Supongamos que te cuento, cómo es tu mente: un gran parque de diversiones, todo dispuesto como un laberinto interminable sobre colinas verdes, y en donde además, como en cualquier lugar, anochece y se apagan las luces… pero nada más que las luces. Nada más.


Pd.: "Un osito de peluche de Taiwán", es mi canción favorita de Auténticos Decadentes.

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